Hay momentos en los que los planes cambian sin que se pueda hacer mucho, porque siempre suele haber cabos que dependen de circunstancias externas hasta tal punto que es imposible atarlos hacia nosotros mismos. Supongo que es en alguno de esos momentos en los que pensamos que ya está, que hasta aquí, que ya no hay mucho más que se pueda aprovechar de algo que en otro tiempo nos hizo tan felices. O, al menos, creímos ser así de felices.

Son escollos, piedras de un puente que se hunden hacia el abismo en cuanto ponemos un pie en ellas. Imagino que es más fácil dejarnos ir detrás, ir perdiendo altura en un suspiro, ni siquiera en algo que se parezca a un grito de auxilio. Resulta muy duro tener que dejar ir algo que no queremos parar de rozar, de alcanzar, de asir hasta que nos duelan todas las articulaciones. Tristemente, a veces no queda otra que soltarlo. No hay otra manera de seguir avanzando por esa pasarela que, en equilibrio, nos separa de ese precipicio insondable.

Lo más fácil sería entonces que sonaran en mis oídos los acordes que apuntan al final, al funeral inseparable de una despedida. Esa música opaca que me acompaña cuando camino con la barbilla hacia el pecho y los ojos repasando cada centímetro que recorren mis piernas, autómatas, rendidas ante la inercia. Cuando no hay paisaje ni línea de horizonte, sólo una masa gris que nos rodea por completo, como una niebla engañosa.

Son esos pasos también los que me conducen a casa, a esas cuatro letras que pueden cambiar tantísimo de forma y color. Es un destino que en ocasiones queremos evitar a toda costa pero al que siempre volvemos. Al que siempre vuelvo. Es en esos instantes de reflejo involuntario en el que me dejo caer en el sofá en plena noche y me acurruco en una esquina, pensando que es la hora de romper.

Pero ningún paso es en balde, aunque podamos pensar lo contrario, y así, encogida, me llegan caricias que me reparan, silencios que me envuelven con calidez y olores que creo desconocer pero que en realidad son guía indiscutible cada día. Suenan otras notas. Unas que reconozco, que a veces desprecio porque son las que suenan siempre, pero que en el momento justo son bálsamo incomprensible y arcano.

Estoy en casa, me oigo pensar.

Vuelvo al caos de las sábanas revueltas, a una copa de vino a medias o al vaso de agua que me acercan en mitad de la noche para que no muera de sed. Y me dejo rodear por brazos que conozco y que me conducen a tientas al otro lado de esa sima por la que estaba caminando sin ningún pudor. Ningún paso es en balde, y ningún camino acaba donde pensamos que debe terminar.

Esa canción se transforma, poco a poco, siempre a su tiempo, y muta de lo lúgubre a lo fulgurante, marcando en mi piel una nueva cicatriz mientras otras yemas la recorren, y la besan, y la abrazan, y dejan su huella encima para llenarme entera de la sensación de que todo irá bien.

Esto es hogar, me oigo pensar.

Me pesa el polvo en todas las carnes y los pies cargan con toneladas de metal. Todavía escucho ruido de cristales rotos. Hay momentos en los que no es tan fácil hallar el sendero de vuelta. Pero lo importante es volver, volver siempre, creer siempre que se puede volver, que al final continuamente aparece un contraste que revuelve esa elegía y la hace luz, pálida o brillante. Apenas un rayito tímido; lo suficiente para levantarse del sofá, mezclarse con otra piel y salir adelante una vez más.

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2 comments

  1. EMA 26 septiembre, 2019 at 20:24 Responder

    Volver sí, pero volver valiente.
    Volver con la frente alta de saber que has dejado huella allá donde has ido.
    Volver sabiendo que la siguiente vez llegarás más lejos.
    Volver para recuperar fuerzas, tomar impulso y volver a por todas.

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