Noche de guardia - Hay Vida Después de la Oficina

*Noche de guardia es un relato escrito en 2014.

A las 20:53 estaba a tres minutos de la farmacia. A las 20:57 la llamó su madre para que cenara con ellos y tuvo que explicarle, como siempre, que esa noche estaba de guardia y que no podía. A las 20:59 estaba ya en la farmacia, un minuto después se había puesto la bata, y cuando pasaban dos minutos de las nueve de la noche se despidió de sus compañeros y se preparó para la que sería una larga noche. A las 21:03 bajó la persiana del comercio y se metió en el despacho a ver un capítulo de una serie. Su infección de oído había remitido en la última semana, pero todavía conservaba un pequeño dolor amortiguado y una pérdida de audición nimia pero presente. Se sentó más cerca de la puerta, por miedo a no escuchar a alguien que llamara con timidez.

Desde las 21:03 hasta las 1:00 de la madrugada, vendió una caja de paracetamol, tres paquetes 3×1 de condones, dos cajas de antibióticos y un bote de antiestamínicos. No estaba mal. También en ese lapso de tiempo vino a verla su madre con un tupper con torrijas, un par de amigos que pasaban por allí antes de irse de fiesta y una vecina de unos setenta años que, viuda desde hacía veinte, se aburría a menudo y casi siempre que la farmacia de la esquina estaba de guardia se acercaba a pasar revista y a ponerles al corriente de su vida.

Se aburría. Se aburría mucho. Quería aprovechar para estudiar inglés pero le daba pereza abrir el cuaderno, así que iba de un lado para otro reponiendo cremas anti-edad y champús balsámicos hasta que las estanterías estuvieron perfectas y volvió a verse otro capítulo.

A las 2:37 sonaron unos golpes en la persiana. Se acercó cerrándose la bata porque hacía frío.

– ¿Sí? ¿Qué deseaba?

Cuando su compañero se quedaba de guardia no tenía problemas, porque medía un metro y ochenta y seis centímetros, pero normalmente ella no llegaba a la abertura en lo alto de la persiana y tenía que subirse encima de una pequeña banqueta para poder ver a los clientes. Estaba oscuro, y no encontró la banqueta, pero aun así habló para que la persona que esperaba al otro lado no pensara que no había nadie.

– ¿Sí? -repitió.

Por unas milésimas de segundo, se asustó. Sintió el tacto frío de su teléfono móvil en el bolsillo de la bata. Era una persona asustadiza. Por eso no le gustaban las guardias. Por eso, y porque se aburría.

– Eh… Buenas.

– ¡Hola! – la voz le era familiar, así que se tranquilizó-. Estoy aquí, estoy aquí, disculpe que no pueda verla. ¿Qué desea? Dígame.

– Quería… – la voz, masculina, se paró, como expectante. A los segundos siguió hablando, con cierto tono de decepción-: Quería una caja de condones.

– ¿De qué marca?

– De la más cara -. Aquella voz parecía irritada.

– Está bien… ¿De seis, de doce, o de veinticuatro?

– Hostia, de la que te dé la gana.

– Muy bien, pero no hace falta ser grosero.

Se metió para dentro con esa voz buscándole algo en la mente. Antes de coger la caja de condones más cara que tenían en la farmacia, buscó la banqueta para poder verle el rostro cuando fuera a entregárselos. Pero no llegó al armario de los profilácticos. Cuando estaba a medio camino se paró en seco, respiró un par de veces y avanzó a zancadas hasta la persiana tropezándose con la banqueta, dándole una patada después y yendo finalmente a por ella cuando la localizó con el pie dolorido. La agarró rápidamente, la puso delante de la ventanilla y se subió.

– ¿David?

– Hombre, ya pensaba que te habías olvidado hasta de mi voz.

– Pero…

– ¿Qué tal estás, Erika? -. La voz había recuperado el deje amable, casi burlón, mientras por el cambio en el tono se intuyó que al pronunciar el nombre de ella había sonreído. 

– ¿Pero cómo eres tan hijo de puta, David?

– ¿Qué?

– ¿Qué haces aquí? ¿Comprar condones? Pues bien.

Erika se bajó de la banqueta zumbando y David sólo escuchó sus pasos y el leve sonido de su bata mientras caminaba deprisa. Cuando volvió y fue a retomar la conversación una caja de condones salió por la ventanilla directo a su ojo y tuvo que agacharse para esquivar el golpe.

– ¡Hala, para ti! Invita la casa.

Y Erika se fue. Otra vez.

A las 2:45 seguía nerviosa.

A las 2:58 sintió ganas de llorar pero se contuvo porque pensó que no se lo merecía.

A las 3:06 sonaron golpes en la persiana. Fue a abrir hasta que escuchó la voz de David. Entonces no fue.

A las 3:31 estaba delante del estante de los condones.

A las 3:32 lloraba desconsoladamente.

A las 3:35, a las 3:36, a las 3:40 y a las 3:51 David volvió. Resultaba que no quería los condones, sino solamente ver a Erika y hacerla sufrir un poco porque no sabía de qué otra manera podía reclamar su atención. Se quedó sentado con la espalda apoyada en la persiana de la farmacia hasta las 5:52. Entonces se dio por vencido y se fue.

A las 6:59 Erika se quitaba la bata y a las 7:00 salía de la farmacia. Todavía le temblaban las manos cuando bajó la persiana. Desde la esquina opuesta David la observaba. Estaba preciosa; estaba preciosa siempre que estaba triste, era algo gris pero era así. La observó marcharse.

A las 7:01 se cagaba en sus propios muertos por ser un pobre imbécil.

A las 7:03 no soportaba el nudo en la garganta.

A las 7:05 se fue a casa, y en la primera papelera que vio tiró la caja de condones sin desprecintar siquiera.
Share:

Leave a reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *