Aménabar y Mientras dure la guerra - Hay vida después de la oficina

Poco se puede contar ya de Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar, 2019) después del aluvión de críticas y reflexiones que ha suscitado la película. En su recepción se han mezclado el revuelo que levanta cada largometraje que estrena el director español y la elección de una temática que nunca pasa desapercibida: la guerra civil española. Por eso tal vez este texto vaya a tener un cariz más interpretativo.

«Otra película de la guerra civil»

Para mí Mientras dure la guerra merece la pena ser observada como acontecimiento sociocultural. Después de ver la película, tardé pocos minutos en escuchar la frase que siempre se escucha: Buf, otra peli de la guerra civil. Y es que el cine de ficción sobre la temática de la guerra civil y la dictadura españolas sufrió un repunte a finales de los años noventa y principios del nuevo siglo, en parte porque se empezó a querer penetrar de una manera más profunda en la memoria colectiva. El estreno de ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990) (adaptación del éxito teatral homónimo firmado por José Sanchis Sinisterra) marca un punto de inflexión en el tratamiento de la guerra civil que se estaba haciendo en el cine de la democracia.

Después de una década, la de los años ochenta, marcada por películas como La plaza del diamante (1982), Las bicicletas son para el verano (1984), Dragon Rapide (1986) o A los cuatro vientos (1986), películas que no ahondaban en la represión sufrida durante la guerra civil y el franquismo –a excepción de Réquiem por un campesino español (1985)–, los años noventa vinieron acompañados de un cambio en el relato que se ofrecía de la guerra civil y el franquismo. Como apunta el historiador Igor Barrenetxea, deja de ponerse al mismo nivel república, guerra civil y represión, siendo hechos que no solían ser tratados de manera individual hasta el momento.

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¡Ay, Carmela! (1990)

A pesar de ello, habrá que esperar casi una década para encontrar películas que abordan sin tapujos esa «memoria de los vencidos» dentro de un auténtico boom de memoria que se vive en la producción española de la democracia (que comenzó adormecida tras la Transición). Cintas como Para que no me olvides (2005), Las 13 Rosas (2007), La buena nueva (2008), Los girasoles ciegos (2008), Estrellas que alcanzar (2010) o La voz dormida (2011) comienzan a buscar una reparación de la memoria y a abordar las historias con vocación social. Es decir, empieza a relatarse lo que se vivió, no lo que ocurrió.

No obstante, y aquí entramos en harina de ese cansancio que parece tener la sociedad ante esta temática, este boom de películas sobre la memoria de los vencidos también levanta una serie de problemas, como el hecho de que vaya imperando una retórica visual y un punto de vista sobre el relato de la guerra y su dictadura. Como subraya Vicente Sánchez-Biosca en La memoria impuesta. Notas sobre el consumo actual de imágenes del franquismo (2003), aspectos como el melodrama, el cromatismo emocional o la galería de personajes y tramas comienzan a ser un continuo prefijado en este tipo de cine.

Viene Amenábar intentando ser Amenábar

Se estrena una nueva película de la guerra civil, pero esta vez es de Alejandro Amenábar, un director del que el grueso del público espera mucho más por el renombre que le guarda las espaldas. Y Amenábar lo sabe, y por ello decide narrar la guerra a través del biopic de los últimos meses de Miguel de Unamuno, una figura que destaca por su cambio de opinión y apoyo cuando se dio cuenta de la brutalidad de la represión del bando nacional.

El resultado es un guión con guiños a nuestro contexto político actual que es capaz de tocar más de una tecla para poner a las cabezas a pensar, algo que no todos los filmes consiguen. Decide, además, no demonizar más al monstruo, y construye un personaje, el de Francisco Franco, más realista, si acaso, con un mayor número de luces y sombras, aunque cae en el pozo de la risa fácil con el personaje de José Millán-Astray. Los dos villanos de la película.

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Eduard Fernández como Millán-Astray, en primer plano, y de fondo Santi Prego como Franco.

Sin embargo, el acercamiento a la guerra civil por parte del director es demasiado tibio, a pesar de que escoge un episodio histórico que pocas veces se había narrado en comparación con otros. Su elección de personificar en Miguel de Unamuno no sólo un conflicto sino también una posible vía de resolución (esa desafortunada «tercera vía») resta valor al relato de memoria que podría ser -porque a día de hoy todavía no sé si lo es- Mientras dure la guerra. Este tratamiento tan superficial, que consigue salvar ese cansancio antes señalado (sólo hay que ver las cifras en taquilla de la cinta), desaprovecha la oportunidad de ahondar en la memoria colectiva de un momento tan crítico en la historia española como lo fue el alzamiento del bando nacional.

Querer trasladarlo a nuestros días a base de guiños y reutilización de líneas de diálogo que a todos nos resultan familiares provoca que el resultado no sea sólo confuso sino también peligrosamente distante. El empeño en utilizar algo de lo que casi ha pasado un siglo para comprender nuestra situación actual acaba resultando incongruente y convierte el tiempo histórico del filme en algo maniqueo. Al final repetimos nuestra historia, como suele decirse, pero siempre con matices.

Y, además, están los chistes.

Reírte de los chistes de un asesino

Puede que no sean propiamente chistes. Pero sí risas. Lo que más me removió por dentro de mi experiencia viendo Mientras dure la guerra fue, sin duda, escuchar las risas en la sala de cine ante «ocurrencias» de Franco o Millán-Astray. Me hace pensar en la distancia que estamos tomando como españoles y consumidores de cultura respecto al conflicto de la guerra civil, y salgo de la sala de cine algo aturdida por todo esto. ¿Está bien que el espectador se tome un producto como este como mero entretenimiento? ¿Son distancia esas risas? ¿Podemos reírnos de lo majete que parece ese tipo tan bajito que asesinó a miles de personas porque sabemos que estamos sólo ante una ficción?

¿Estamos sólo ante una ficción?

Desde luego, soy consciente de que esas bajadas de tensión en el guión también fueron ideadas para convertir la película en una obra más blanca, menos gruesa para digerir. Un producto, en definitiva, para el gran público (no sólo español). Pero me niego a creer que haya que adornar los diálogos de ocurrencias que restan seriedad a la temática para llegar al gran público. También me niego a creer que esta distancia taquillera sea el futuro de nuestro cine sobre el siglo XX.

Para mí Mientras dure la guerra (sin meterme en su puesta en escena) es una desafortunada oportunidad perdida para hablar de la memoria del pasado. Al menos, para hablar de ella de manera que pueda contar en nuestro presente y reparar las heridas cuya curación ha tenido que caer en la cultura (ya hablaremos otro día de esto…). Eso, a mi juicio, sí es una auténtica tercera vía.

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Karra Elejalde como Miguel de Unamuno.

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