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Viajes

Fado, ginja y rincones con encanto – Lisboa por libre

Fado y relax para despedirnos de la ciudad “de la luz”

Después de recorrer el centro de Lisboa y de visitar el barrio de Belem, este es el día en el que tenemos que despedirnos de Lisboa y, así que decidimos tomárnoslo con mucha más calma y disfrutarla tranquilamente. Así que pasamos la mañana descansando y después de comer salimos hacia el Pavilhao Chines, un sitio que, sin excepción, todo el mundo nos ha dicho que tenemos que visitar. Pensamos coger de camino el mítico tranvía 28 (icónico, que atraviesa Alfama) pero hay obras en el centro y tarda más de 45 minutos en venir. Justo cuando estamos a punto de irnos, aparece y decidimos tomarlo (está tan lleno que tenemos que subirnos por detrás pensando que podremos hacernos paso para pagar una vez subidos). Sin embargo, a las dos paradas se frena y nos dicen que no continúa trayecto por las obras, así que nos bajamos todos a trompicones (¡menos mal que no llegamos a pagar!).

Un poco de ginja y Pavilhao Chines

Como nos ha dejado en la Plaza Luís de Camões, aprovechamos y compramos dos panes de dios rellenos de jamón y queso en A Padaira, recomendación de un conocido que lleva un tiempo viviendo en Lisboa. Nos los dan calentitos y caminamos un poco hasta dar con un banco, pero, justo cuando vamos a comérnoslos, ¡sorpresa!, más lluvia. Al final nos los comemos debajo de un árbol (están muy buenos) y vamos a A Ginjinha, un local minúsculo y muy típico donde te sirven los chupitos de ginja en vasitos de plástico para que te los tomes en la misma calle. Aquí nos pasa algo divertido y es que nos preguntan si los queremos con fruta o sin fruta, pero no tenemos ni idea. Como el día anterior los probamos sin, los pedimos con fruta y cuando vamos a comerla… Nuestra cara es un poema. Sólo os diré que mejor que lo pidáis sin fruta (aunque al menos nos echamos unas risas viéndonos las caras los unos a los otros).

Poco a poco, nos vamos acercando al Pavilhao Chines. Poco antes de llegar, hay que atravesar una de esas cuestas milenarias que tiene Lisboa, pues el bar al que vamos corona el Barrio Alto, y la conquistamos andando. El Ascensor da Glória te evita subir esta cuesta (un nombre muy adecuado), pero nos parece muy caro (casi 4€ por subir). Pero bueno, después de una pequeña caminata bajo la lluvia por fin estamos en lo alto del Barrio Alto y llegamos al Pavilhao Chines.

Fado, ginja y rincones con encanto - Hay vida después de la oficina

Pavilhao Chines.

Cuando entramos por la puerta comprendemos por qué nos lo había recomendado todo el mundo. Se trata de un bar muy grande, con diferentes estancias, cuyas paredes están forradas de estanterías repletas de colecciones de objetos. Y no sólo las paredes, puesto que también hay multitud de artefactos colgando del techo. Un lugar estrafalario y acogedor donde tomamos un té y un café y descansamos un poco del chaparrón. Si tenéis curiosidad por este lugar, en este artículo tenéis mucha información. Después de pasar aquí un rato ponemos rumbo a nuestra siguiente parada, que nos llevará a cumplir otro de los imprescindibles de la capital lusa: vivir de cerca el fado.

Fado en la Tasca do Chico

Nos cuesta mucho encontrar un lugar donde ir a escuchar y ver fado. En primer lugar, porque no queremos hacerlo mediante la fórmula más típica en Lisboa: pagas unos 50€ (puede ser más o menos) por una cena con espectáculo. Nosotros queríamos algo que fuera, aparte de más asequible, menos manufacturado para turistas. Después de leer mucho por Internet nos decidimos por la Tasca do Chico, donde desde las 21:00 y hasta entrada la madrugada, de miércoles a domingo, se van sucediendo cantantes y músicos de fado que se hacen un hueco en la minúscula taberna. Es 100% una tasca, es decir, la comida y el servicio no son espectaculares, hay mucha gente y nosotros, por ejemplo, tuvimos que estar de pie todo el rato porque las mesas estaban reservadas, pero cumplió con lo que estábamos buscando. Todo depende de la experiencia que cada uno quiera.

Así, nos bebimos una cerveza mientras escuchamos un buen rato de esta música que embelesa y cala, también por haber nacido de la pura melancolía de los tiempos portugueses difíciles. Así definía esta música la célebre fadista Amália Rodrigues: “El fado es una cosa muy misteriosa, hay que sentirlo y hay que nacer con el lado angustioso de las gentes, sentirse como alguien que no tiene ni ambiciones, ni deseos. Una persona… como si no existiera. Esa persona soy yo y por eso he nacido para cantar el fado”. El ambiente es muy íntimo, los músicos tocan a dos centímetros de ti y el silencio que se crea en cada canción es estremecedor. Salimos muy contentos de la Tasca do Chico, a pesar de la incomodidad de estar de pie en un espacio muy reducido (haciendo malabares con los abrigos).

Fado, ginja y rincones con encanto - Hay vida después de la oficina

Momento en Tasca do Chico.

Cenamos en el restaurante de carne a la piedra Cabaças, donde te traen una bandeja con la carne que eliges cruda y una piedra al rojo vivo para que te la hagas tú mismo, acompañada de patatas y salsas. Hay que tener cuidado, en este sitio y en todos, con el aperitivo: es típico que te pongan un entrante (queso, aceitunas, paté de sardina, algo de embutido, todo con pan) sin que lo pidas y si lo consumes te lo cobran y suele generar mucho malestar (en este sitio, de hecho, cobran 3€ por el queso y 5€ por unas lonchas de embutido, ahí es nada).

Fado, ginja y rincones con encanto - Hay vida después de la oficina

Esa noche salimos por la zona más universitaria para despedirnos de la ciudad de la luz (que, aunque no la hayamos visto mucho propiamente, la tiene de todas formas), donde hay muy buen ambiente. Al día siguiente volamos temprano de vuelta a Madrid. Ha sido un viaje lleno de claros y oscuros, en una ciudad que tiene un encanto particular y que hace que me reafirme en la obsesión adolescente que tenía con ella. Lisboa es preciosa, con lluvia o sin ella.

Si quieres ver todos los post escritos sobre mi viaje a Lisboa, pincha aquí.

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