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Gordofobia: ¿Puede alguien estar gordo y ser feliz?

*Imagen de portada: Fotograma del cortometraje Cerdita, dirigido por Carlota Martínez Pereda, sobre la gordofobia y el acoso.

No está muy bien eso de responder una pregunta con otra pregunta, pero como este titular tiene trampa me voy a conceder esa licencia: ¿se puede pensar que el titular va en serio y que voy a disertar sobre cómo los gordos pueden ser felices y no pensar que me falta un hervor?

El problema es que todavía sigan existiendo contenidos que intentan responder a esa pregunta. Y no quiero ponerme agresiva con todo el mundo, seguramente algunos lo escribirán desde la ingenuidad de la búsqueda de clics, pero es una pregunta que para mucha gente puede resultar un auténtico puñetazo. Para empezar, si estás preguntándote si alguien que está gordo puede sentir felicidad es que, en parte, asumes que la ausencia de delgadez va ligada a la infelicidad. Y esto no sería un disparate, por supuesto, porque por desgracia sí influye en factores como la autoestima y la autoaceptación, pero no quiere decir que esté bien establecer una relación directa entre gordura y estado de ánimo. Directa, directísima, tan directa que Telecinco hace debates sobre esto con tertulianos que no pasan de la talla 36, como si una cosa llevara a la otra de una manera tan natural que hace falta ayudar a los pobres gordos a que aprendan a ser felices (seguramente, será diciéndoles que se pongan a dieta).

Si eres de los que de verdad piensa cuando ve a alguien que está gordo que es imposible que pueda tener una vida y una salud mental sanas déjame introducirte una palabra: gordofobia.

Gordofobia - Hay vida después de la oficina

Gordofobia, ese monstruo en cada esquina

Estoy delante de varias personas que charlan de diferentes temas hasta que una de ellas se le ocurre algo y entonces rebusca en su móvil. Habla de una amiga en común a la que no ven hace mucho tiempo, y abre su cuenta de Instagram (cuenta privada, por cierto) para enseñar fotografías al resto de «lo gorda que se ha puesto» e incluso se permite el talento analítico de enseñar unas fotos comparándolas con otras, y añadiendo comentarios tipo «Esta foto es de no-gorda», «En esta otra está intentando que no se le vea el brazaco que tiene», «No entiendo; en esta sale en bikini pero en otras finge que no está gorda». Y así. Parece que se ha estudiado su cuenta de Instagram a conciencia. Otra persona que hace tiempo que no la ve y que no usa esa red social abre la boca, atónica, y mira la pantalla del móvil que le enseñan mientras dice: «Con lo majica que era…». El ritual circense continúa unos minutos y a mí me revuelve el estómago.

Todavía no sé por qué no me levanté y me fui.

Pero, por desgracia, situaciones así son más que frecuentes, máxime ahora que las redes sociales pueden actuar como señal de nuestros cambios físicos.

Con la gordofobia lo que suele ocurrir es que nadie es gordófobo pero aquí todo pirri se siente legitimado para hacer comentarios sobre el aumento de peso de los demás. No soy racista pero. No soy machista pero. No soy homófobo pero. No soy fascista pero. Pues con esto lo mismo: no soy gordófobo pero qué gordos están los gordos, que se pongan a dieta y se cuiden un poco como hago yo, por favor.

Siempre que me veo envuelta en una situación como la descrita, donde alguien tira de body shaming (fat shaming más bien) y hace gala de una gordofobia que asusta pero lo niega si se lo señalo, no puedo evitar preguntarme qué nos pasa a los adultos.

¿Por qué nos empeñamos en volcar en otras personas los complejos propios? Cuando criticamos el cuerpo de otra persona, en verdad estamos destapando nuestra autoestima tambaleante, nuestra obsesión por un cuerpo que siempre queremos mejorar porque nunca nos parece correcto. Cuando alguien pasa por nuestro lado y le miramos de arriba a abajo con desaprobación, en realidad estamos comparando esa radiografía con nuestro cuerpo, desesperados como niños por salir victoriosos de la comparación.

Gordofobia - Hay vida después de la oficina

A lo largo de nuestras vidas todos sufrimos desencuentros con nosotros mismos y convivimos con todas las partes de nosotros que no nos gustan. Pero están los que llega un momento en el que toman consciencia de todo ello y lo enfrentan para intentar aceptarse, y hay otras personas que intentan acallarlo todo buscando como autómatas motivos de cualquier tipo para sentirse mejor que otros y así sepultar (en vano) su insatisfacción profunda. El aspecto físico es uno de los motivos más frecuentes.

Pensar que tenemos mejor cuerpo que otros, unido a la falta de tranquilidad respecto a nuestra imagen física y a no admitirlo, nos provoca el espejismo de que tenemos legitimidad para señalar en otras personas lo que no consideramos normativo. Os voy a contar un secreto: NO. Nadie tiene derecho a criticar el cuerpo de otro. Aunque sea «por salud», como se empeñan en argumentar algunos (una pista: en general esas personas se preocupan tanto por tu salud como por curar su propia gordofobia).

Hay una norma social muy fácil de aplicar que consiste en no señalar al otro nada de su apariencia física que no pueda solucionar en unos segundos. ¿Un mechón de pelo despeinado? Lo arreglo en unos segundos. ¿Se me ha quedado comida entre los dientes? Lo arreglo en unos segundos. ¿Llevo la camisa mal abotonada? Lo arreglo en unos segundos. ¿Consideras que me sobran unos cuantos kilos? La próxima vez puedes pensarlo unos segundos y callarte la boca.

Es fácil. De verdad. Vuestra opinión no es tan importante cuando es probable que una persona se haya pasado una hora delante del espejo dudando en si ponerse ese vestido o ese traje o no. Luchando consigo misma, queriendo estrenar esa ropa pero sin atreverse a hacerlo porque el espejo le devuelve una imagen que no le gusta. Imaginad que se decide, que le cuesta pero sale a la calle con esa ropa un poco ajustada, y se va sintiendo un poquito mejor hasta que se topa con tus ojos carentes de autoestima y abres tu bocaza y sueltas ese comentario que nadie te ha pedido. Es probable que hundas a esa persona, aunque esperes que te responda con una sonrisa y te dé las gracias.

Todos tenemos derecho a trabajar en nuestra imagen física. Pero dejad a los que no os han pedido vuestra opinión en paz.

El título del artículo era una trampa, y si esperas que termine con una estructura circular que redondee el texto respondiendo a la pregunta con amor y optimismo es que algo funciona mal en tu interior, y probablemente no te quieras como deberías hacerlo. Igual no os molan los sermones pero seguro que os gusta el imperio gordófobo Disney, así que les robo algo: Hakuna Matata.

Nunca se sabe qué batallas estamos librando cada uno de nosotros en nuestro interior. Procurad tenerlo en cuenta cada vez que penséis que tenéis derecho a hacer un comentario que nadie os ha solicitado.

Gordofobia - Hay vida después de la oficina

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2 comments

  1. Nau 26 diciembre, 2019 at 19:28 Responder

    Bravo. Gracias por estas palabras que tanto se necesitan y que me han hecho reflexionar. No hay que dar cabida estos comportamientos. Propios o ajenos

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