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«Oye mi sangre rota en los violines»: Alberto y la música

Alberto Puente - Hay vida después de la oficina

Fragmento de «Puente«: Capítulo 2, Escena XII.

Voy a mi habitación silbando la canción lo mejor que puedo y mi silbido no tarda en juntarse con un ligero punteo de guitarra que proviene del estudio. Cambio el rumbo y voy de puntillas hasta allí, me asomo a la puerta con sigilo al ver que Alberto está inclinado sobre la guitarra, dando la espalda a la entrada de la habitación.

Canta sin ponerle mucha atención y casi en un susurro, pero esa levedad es suficiente para poder apreciar que la voz de Alberto es suave y atrayente. Su eco me habla de remembranzas y de música, de muchos ratos compartidos y vividos gracias a su maestría con el piano en sus recitales cuando todavía estaba en el conservatorio, y el salvaje rasguido que le arrancaba a la guitarra cuando lo dejó y tocaba en las plazas, siempre coreado por nosotros.

Cuando Alberto se deja guiar por la música se convierte en otro tipo de criatura, en un ser cuya esencia se mezcla con las armonías que salen directamente de su sangre. Si se trata de él, siempre me viene a la mente un verso de Federico García Lorca que nunca podré olvidar porque me habla precisamente de Alberto.

“Oye mi sangre rota en los violines.”

Así es su música. Indescifrable y necesaria, indómita y generosa. Exactamente como él.

En cada melodía que sale de sus manos, va un trozo de sí mismo, una porción palpitante de su alma. Con su música Alberto completa todos los enunciados que no termina con las palabras. Para entenderlo a él, hay que entender su pasión por este arte.

Cuando termina la canción, salgo de mi estado cercano a la catarsis y decido marcharme antes de que me descubra espiando desde el umbral de la puerta. Ese momento es solamente suyo, así que es justo que siga así, sin interrupciones de ningún tipo. Me doy la vuelta y enfilo hacia mi cuarto, en el otro extremo del pasillo.

Antes de entrar, me doy la vuelta y dirijo mis ojos hacia el estudio. A contraluz por la negrura del pasillo y enmarcado por la luz que está encendida adentro, Alberto me mira, en silencio, y de él no emana ni hostilidad, ni desconfianza, ni lejanía. Simplemente me mira, con esa intensidad que siempre he creído que sólo percibían mis latidos. Le sostengo la mirada, sin sentir culpabilidad por primera vez en todo el viaje.

Podéis escuchar el audiorrelato de esta escena en mi canal de IGTV (y también todos los anteriores). Pincha aquí.

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