Mastodonte - Hay Vida Después de la Oficina
*Foto destacada de Aitor Rioja.

Normalmente, cuando uno quiere escribir sobre un concierto al que ha asistido ordena las canciones en su cabeza. Va desgranando la set list para componer la crónica del espectáculo y con esa espina dorsal se van soltando detalles y anécdotas que todo show musical suele tener. Al final se consigue un texto completo y, con algo de suerte, con algún brillito que merece la pena.

Pero el relato de un concierto de Mastodonte no puede seguir la tónica general.

Del encuentro del artista vasco (artista porque domina muchas artes, porque es imposible encorsetarlo en ninguna profesión más concreta) Asier Etxeandía y del músico multi-instrumentalista napolitano Enrico Barbaro nace Mastodonte. A Etxeandía casi todo el mundo lo conoce por su faceta como actor (acabamos de verlo en Dolor y Gloria), pero este titán hizo del arte su insignia y pocas disciplinas se le resisten. Además, tiene una de las voces más poderosas del país.

Mastodonte - Hay Vida Después de la Oficina

Enrico Barbaro y Asier Etxeandia. Foto: LA TRINCHERA

Mastodonte es un refugio. Es una muerte y su consiguiente resurrección. Es un zarandeo. Una noche de baile, y también una bocanada de aire cuando te quedas tirado y borracho en un callejón oscuro. Es un rincón del cosmos recóndito y protegido, donde uno puede reconstruirse y buscar una versión de sí mismo que le guste más. Es música, pero también es redención. Y sudor. Y amor sano del bueno, y sexo sin ataduras, y piel de gallina. Asistir a un concierto de Mastodonte puede convertirse en un auténtico trance. De hecho, que público y músicos alcancen el auténtico éxtasis es uno de los objetivos que persigue el espectáculo.

Queda patente cuando se descubre durante los primeros minutos que los artistas están sobre el escenario para abrirse en canal y lanzar su corazón todavía palpitante al público. Vemos a Etxeandía salir a escena paralizado, moribundo, respirando oxígeno artificial y asistido por una enfermera, antes de dejarse ir y morir. Entonces renace y el espectáculo continúa con una canción que a la vez es una revelación y una reivindicación de la niñez del cantante, quien sufrió bullying durante toda su infancia y encontró en el teatro y en la música, años después, la auténtica vida. Porque a pesar de las burlas y la crueldad siempre existirá la opción de gritarle a nuestra propia experiencia que queremos más.


(Un vídeo de la canción en directo en Zaragoza en este enlace)

Porque un Mastodonte también es una amenaza. Puede ser la propia vida si dejamos que nos aplaste. Nuestras inseguridades pueden convertirse en una voz ensordecedora que nos reduzca a nada. Nuestra propia voz. Esto nos cuenta Etxeandía, rodeado de público, sujetando el micrófono a escasos centímetros de los rostros que observan cómo habla de esa voz en nuestra cabeza que en muchas ocasiones nos convence de manera maliciosa y nos dice:

No te atrevas.

No te lo mereces.

¿Quién te has creído que eres?

«Buenas noches, Mastodontes»

Mastodonte - Hay Vida Después de la Oficina

Foto: La Butaca Music

Se ha descorchado una botella de tequila sobre el escenario para celebrar a tragos que empezamos a transfigurar ese Mastodonte, que somos nosotros mismo boicoteándonos desde las entrañas. Ser Mastodontes no tiene por qué ser algo malo, si comenzamos a amarnos a nosotros mismos. Por eso, Asier continúa:

Bien, pues es mentira. Mastodontes también son aquellos que se liberan de sus cadenas y celebran su propia belleza.

Buenas noches, Mastodontes…

Y nos invita a que celebremos esa belleza dando y haciendo amor. ¿Por qué no? Mejor si es Fuerte y lento.

Las dos horas de espectáculo se convierten en un viaje sensorial en el que las emociones nacen y se transforman. Acompañamos a la banda en su transfiguración y si logras conectar con lo que te están ofreciendo asistes a la tuya propia. De la brutalidad casi onírica de Glaciar a la ternura encendida de Jugando a ser mayor. Bailamos y brincamos con ellos hasta que nos duelen los pies. Y sigue corriendo el tequila de mano en mano. Habrá que seguir celebrando la vida, transfigurando esa voz interior que antes de entrar en el teatro palpitaba en una dirección diferente.

Pero este viaje emocional no es casualidad. Como contaron antes del concierto en una entrevista en El Periódico de Aragón, el arte debe aspirar a transformar y educar emocionalmente a la sociedad.

Para mí es un rayo de luz contemplar el arte que otros crean y sentir tantas cosas diferentes que hay segundos en los que no soy capaz ni de mantener una expresión concreta en el rostro. Miraba a Asier Etxeandía cantar, rodeado de toda su banda y en sintonía con Enrico Barbaro, y llegaba a sentir tal conexión con esa transfiguración que entre brincos y movimientos de cadera lograba ser consciente de que estaba respirando en paz. Saco a colación una de mis favoritas:

Para amor el que nos dio Mastodonte el viernes en la sala Oasis de Zaragoza. Continúa la transfiguración… Pero ya a la mañana siguiente, con la semilla plantada en nuestras gargantas y el recuerdo de los coletazos emocionales que nos ofrecieron Asier Etxeandía, Enrico Barbaro y su banda. Como esta canción, que no me quito de la cabeza desde ayer, escrita por el artista vasco cuando su madre murió:

Mastodonte acaba siendo un refugio. Una invitación al cambio. Una reivindicación de que estamos vivos, somos diversos y tierra fértil para nosotros mismos.

Adelante, Mastodontes.

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