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Dignidad y memoria: Memoria histórica en Zuera (Zaragoza)

Memoria histórica en Zuera - Hay vida después de la oficina

Uno se puede llegar a preguntar por qué hay plazas en los cementerios. Pero luego se ve allí, rodeado de cientos de personas, en un acto en el que hasta han instalado unas gradas provisionales en uno de los laterales y, claro, comienza a comprender por qué puede llegar a ser necesario este espacio. Tal vez si no tuviéramos ninguna deuda con los muertos no tendrían por qué existir plazas en estos emplazamientos. Porque es así. Puede parecer una locura, pero hay entierros que se celebran más de ochenta años después de que los muertos hayan caído al suelo sin posibilidad de volver a levantarse nunca. Sin embargo, nunca es tarde si hay heridas por restañar, y bajo esta premisa, el Ayuntamiento de Zuera organizó un acto de recuperación de su memoria histórica que se celebró, precisamente, en la plaza de su cementerio municipal, durante la mañana del 27 de octubre.

En esa misma plaza, rodeada de cipreses azotados por el fuerte cierzo de ese día, 210 sillas de plástico habían sido colocadas entre el memorial que se iba a inaugurar y las gradas que habían montado para que pudieran acomodarse los asistentes. 210 sillas en referencia a los 210 republicanos asesinados entre 1936 y 1945 en Zuera y sus alrededores y que ese día, o eso se pretendía, iban a poder recibir el recuerdo que en su momento se les negó cuando fueron arrojados a fosas comunes. De esos 210 asesinados, la mayoría fueron civiles que murieron lejos del campo de batalla, durante los dos primeros años de la guerra civil española. Se desconoce el paradero de la mayoría de ellos.

En cada silla, una etiqueta con un nombre: el nombre del asesinado, esperando a que un descendiente o amigo cercano ocupara ese sitio de manera simbólica. No deja de ser sobrecogedor que los muertos se conviertan en una cifra. Los números nos insensibilizan, nos empujan a normalizar personas asesinadas o muertas en catástrofes naturales y humanas. Contemplar las hileras de sillas idénticas resultaba totalmente diferente que perderse entre sus pasillos e ir leyendo cada etiqueta, cada apellido y cada nombre.

Minutos antes de empezar el acto, una de las organizadoras recorre la plaza buscando con cierta prisa personas que ocuparan las sillas que se iban a quedar vacías. «Si están vacías es porque ningún familiar ha venido», repite una y otra vez. Está previsto que después de las intervenciones de los políticos presentes (al fin y al cabo, es un acto institucional), cada persona sentada en esas sillas coja un clavel y lo deposite a los pies del memorial. Si hay huecos sin ocupar, la logística se rompe, por una parte; por otra, también se antoja significativo que haya nombres sin cuerpos que hayan acudido a honrar su memoria. 210 muertes son muchas muertes, son 210 familias, 210 heridas que marcan una generación y  las venideras, se quiera o no. Aunque resulta muy probable que a esos descendientes, llanamente, no les haya llegado a tiempo la información.

Pablo Pérez Abarca

Pablo Pérez Abarca son el nombre y los apellidos que me traen a mí hasta allí. Su familia, casi de manera casual, se enteró de que Zuera iba a celebrar este homenaje, y rastreando en el listado de nombres de desaparecidos dieron con el de su antepasado. Bisabuelo de mi cuñada, acudo con su familia para presenciar un acto así después de haber trabajado e investigado el reflejo cultural de la memoria histórica de la guerra civil en cine y teatro durante este último año. La cultura, durante las últimas décadas, ha sido la vía de escape de la rabia y la injusticia ante la pasividad política y su negación a reparar el dolor de los asesinados republicanos y sus familias, que se vieron condenados al silencio y al olvido por el franquismo y, más tarde, por la falsa reconciliación que encuadró la transición democrática y que muchos han denominado pacto de olvido. Ochenta años, a fin de cuentas, son muchos años.

En este sentido, el de la distancia temporal, ocurre que cuando una herida de la primera generación no se repara y se confía en que los años se la llevarán, se produce algo muy diferente: el trauma recae en la memoria de su generación siguiente, y así hasta que una familia puede sentir que se ha hecho justicia. Por eso es tan necesaria la memoria histórica. Creer que no ha sido el error de muchas sociedades, y especialmente la tremenda metedura de pata de la sociedad española. Ha costado ochenta años darse cuenta de que los traumas hay que curarlos, y eso no deja de ser injusto para los familiares, muchos de ellos ya fallecidos, profundamente agotados o con una vida lejos de España, nacidos en el exilio.

Uno a uno, los nombres de esos 210 asesinados iban sonando mientras se depositaban claveles rojos, amarillos y morados en el memorial. Estremecía escuchar nombres que compartían apellidos, y de toda la plaza llegaban ecos de historias familiares protagonizadas por hijas e hijos, hermanos y hermanos y padres y madres asesinados. Después de esto, era el momento de que tomaran la palabra familiares y amigos de los fusilados que quisieran intervenir.

Educar con dignidad y memoria

El primer grito, certero. Alguien que parece, por su edad, hijo de uno de los desaparecidos, hace mención a «la colaboración de los vecinos del pueblo» en los fusilamientos, y alude al sufrimiento que las familias tuvieron que soportar al «tener que aprender» a convivir con los que habían sido partícipes en los asesinatos. Silencio entre los que le escuchamos. El anciano habla con energía y fiereza, seguramente sacándose una espina que llevaba ochenta años clavada. Apunta, también, a la Iglesia y a su «papel fundamental». Tras él, nietos, bisnietos, vecinos de otras generaciones, cuentan historias reales que parecen sacadas de una película de ficción.

Un nieto de un represaliado que fue asesinado el 28 de septiembre de 1936 habla de su abuela, quien, quedándose sola con seis hijos a su cargo, los educó «con dignidad y memoria» a pesar de la amargura que la mujer arrastró hasta su muerte. Un miembro de la comisión organizadora, a su vez, recuerda a una mujer que falleció el año pasado sin poder contemplar ese pequeño acto de reparación. También cuenta la historia de una tía, y de cómo a menudo volvía al río donde fusilaron a su hijo, desesperada por encontrarlo.

Es lo que ocurre con la memoria, que no se apaga cuando se trata de un recuerdo doloroso, aunque te tilden de loca o de obstinada. O de las dos cosas. La localidad de Zuera pareció comprenderlo y por eso ese sábado la plaza de su cementerio municipal estaba llena de personas de todas  las edades; algunos buscaban justicia, otros dar carpetazo al dolor sordo que traían consigo desde hace décadas; otros, conocer. Nadie habló de rencor ni de venganza, al contrario de lo que muchos dirían, sino de luchar contra el olvido y el silencio. También de esperanza. Al fin y al cabo, de la necesidad de educar siempre con dignidad y memoria.


¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

(Vientos del pueblo, Miguel Hernández)

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