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Otras realidades: Una mañana de Reyes en un centro penitenciario

Mañana de Reyes en centro penitenciario - Hay Vida Después de la Oficina

La ciudad apenas ha empezado a desperezarse. Es la mañana del 6 de enero, día de Reyes, y las gentes de Zaragoza aprovechan la oportunidad que les brinda un día festivo para prolongar las horas de sueño un poco más. Es muy temprano, aunque no todos duermen. Imagino sin querer a decenas de criaturas muriéndose de nervios entre las sábanas, mirando una y otra vez el reloj y esperando el momento de escuchar a sus padres o a sus hermanos despiertos para salir de la cama y abrir los regalos. Brilla un sol inusual por lo temprano y lo invernal, y me quiero repetir que es por la ilusión que hoy experimentan miles de familias. Pero no olvido hacia dónde me dirijo.

El Centro Penitenciario de Zuera se sitúa a unos 40 kilómetros de la ciudad de Zaragoza. Este centro es una de las macrocárceles que existen en España y fue inaugurado en 2001. Con una capacidad de unos 1800 internos, alberga tanto hombres como mujeres. Hace no mucho se hizo famoso por reunir en sus puertas a las filas de toda la prensa rosa nacional, haciendo guardia a la espera de la salida de José Ortega Cano.

Antes de este día, he visto cientos de veces los carteles en la autovía que informan de los desvíos para dirigirte hacia allí, pero nunca los había asimilado de verdad, supongo que porque nunca había imaginado que iba a estar metida en un coche cuyo conductor iba a necesitar ver todos esos carteles. Un amigo lleva en la cárcel de Zuera desde un par de días después de Nochebuena, previo paso por el calabozo. Ser acusado de vandalismo en mitad de unos días donde en Zaragoza se produjeron varios actos de tal índole provocó que fuera llevado a prisión preventiva sin antecedentes, pero con grandes titulares en los principales medios de comunicación de la capital aragonesa.

Cuando aparcamos y nos aproximamos a la puerta principal, me doy cuenta de que no sé nada de los centros penitenciarios más allá de todos los que he conocido en la cultura popular.

Hago el trayecto con sus padres y otro amigo; son 4 personas las que pueden acudir a la visita del domingo por la mañana. Pueden acceder a las visitas los familiares de primer grado y otras personas que el preso autorice disponiendo de sus nombres completos y sus DNIs (una lista de un total de 10 personas). Mi amigo está en el Módulo 2, donde las visitas se suceden los sábados (a la hora de comer) y los domingos (a las 11:00 de la mañana). Los juegos del calendario han hecho que justo este domingo coincida con la mañana de Reyes.

Cuando aparcamos y nos aproximamos a la puerta principal, me doy cuenta de que no sé nada de los centros penitenciarios más allá de todos los que he conocido en la cultura popular. Es decir, ficticios. Si acaso, alguna noticia que nos tomamos como ajena porque, ¿qué nos importa lo que esté ocurriendo en una cárcel, ese lugar que jamás vamos a pisar y que sólo conocemos a través de las películas? Observo muros de muchos metros de altura coronados de alambre de espino, las vallas y todas las medidas de seguridad que rodean las instalaciones. Estas son las partes que uno reconoce de las series y las películas, pero hay otras que incluso sorprenden por lo absurdo de no haber pensado antes que claro que una cárcel cuenta con todos estos servicios: guardería, cafetería, taquillas, pasillos con paredes pintadas de azul y amarillo que recuerdan a las paredes de un colegio o un instituto.

Uno recuerda que está en un centro penitenciario cuando tiene que entregar el DNI y su dedo para que registren su huella, y cuando escucha al funcionario que comenta «Se nota que es tu primera vez» cuando pide quietud para que la fotografía que hacen al momento (¡clic!) para registrar la visita no quede borrosa. La huella, de hecho, es lo que hay que utilizar para moverse por cualquier sitio (al que uno tenga permitido entrar).

Y entonces sigue el procedimiento. Esperar, pasar por el detector de metales, una nueva sala de espera hasta que abren la puerta y somos conducidos a la siguiente estancia. Un cartel en el pasillo que conduce a las dependencias de Comunicación reza: «Peligro de atrapamiento». Algunos visitantes sueltan una risa floja. Desde aquí se pueden observar los módulos 1, 2, 3 y 4 y el patio central, presidido por la gran torre de control. Entonces revisan los paquetes que cada uno trae (los presos pueden recibir dos paquetes al mes que entran y también sacar otros dos al mes) para comprobar que no hay objetos como peines o cepillos. Le llevamos a mi amigo libros y, entre sus páginas, cartas y notas del resto del grupo. Podemos pasar todo sin problemas.

Una mañana de Reyes en un centro penitenciario - Hay Vida Después de la Oficina

Foto: Javier Cebollada

Creo contar un total de 40 cabinas de comunicación repartidas en dos hileras unidas por un pasillo central, y todas se van llenando conforme las visitas vamos entrando al número de cabina que  nos indican. Su tamaño es bastante reducido (caben dos personas sentadas ante un tablón que hace las veces de mesa, y otras dos personas de pie). Está dividida por un grueso cristal blindado, a través del cual podemos ver a mi amigo, que está sentado mirándonos y coge el teléfono para hablarnos. Buscamos otro teléfono (de nuevo, como en las películas) pero para las visitas no hace falta: a esa parte de la cabina llega la voz por una megafonía dedicada. Y entonces comienza la parte un poco más difícil, después de tantos detalles y tanta parafernalia que parecía nueva. Tiene que fluir la conversación, son apenas 40 minutos permitidos de visita, pero allí, con los padres de mi amigo y mi amigo a través de un cristal con la cárcel de fondo, las palabras salen frías al principio.

Y justo el parloteo se anima cuando mi amigo comienza a contarnos cómo funciona todo allí dentro y nosotros le respondemos haciéndole preguntas. El repartidor de paquetes va entrando cabina por cabina mientras se desarrolla la visita. Mi amigo nos habla de su módulo y de los internos con los que comparte espacio, y también del mote que le han puesto (algo que parece habitual), relacionado con el motivo por el que está allí sentado. También de la rutina, y de que la clave es «buscar algo que hacer cada día».

La sirena suena a las 7:45, a las 8:00 tienen la primera revisión y a las 8:30 abren la celda para que puedan ir a desayunar. Al parecer, el café que sirven en el desayuno, salido de «bidones de litros y litros», no es muy célebre, así que la mayoría prefiere ir al economato a comprarse algo. El economato es un pequeño supermercado-cafetería que vende bebidas calientes y frías, snacks, bollos, productos de higiene y limpieza o de papelería, tarjetas de teléfono… Los internos pueden pagar con la tarjeta que sus familiares pueden cargar con dinero. El mismo centro administra semanalmente la cantidad máxima de la que pueden disponer. Con esta tarjeta también podrán hacer cosas como, por ejemplo, ver la televisión en las celdas.

Cada módulo dispone de un gimnasio, y también pueden emplear un polideportivo compartido. Hay talleres para el tiempo libre, como de dibujo o de informática, y pueden hacer 10 llamadas telefónicas a la semana (cada 5 minutos, 50 céntimos, todo pagado con tarjeta recargable). Por su parte, mi amigo cuenta que a lo que él se dedica principalmente, aparte de su asistencia a los talleres, es a leer, dibujar, escribir y dar paseos por el patio. Suele sacarse una silla a la parte del patio iluminada por el sol, y pasar el tiempo leyendo. Nos cuenta que el viernes anterior pudieron ver en la sala multiusos Furia de Titanes.

A las 21:00 tienen que estar de vuelta en las celdas, porque las cierran hasta por la mañana, pero pueden estar dentro con la luz encendida o viendo la televisión (en las celdas donde hay una). Si pillan a alguien fuera en esos momentos, le ponen un parte, lo mismo si no lo encuentran en un recuento.

Una mujer embarazada de unos siete u ocho meses arrima la tripa al cristal para que el interno ponga su mano encima.

Y así, entre tips de la vida en prisión y tips de los padres de mi amigo para los días que le quedan allí (que, ya pasado Reyes y los días navideños festivos, no serán muchos), un aviso por megafonía anuncia que la visita se acaba y de golpe se corta la comunicación. Mi amigo comienza a hacernos gestos y parece resistirse a tener que levantarse; miro a mi alrededor y en todas las cabinas se están sucediendo historias parecidas.

Me fijo en una cercana en la que una mujer embarazada de unos siete u ocho meses arrima la tripa al cristal para que el interno ponga su mano encima. Una cabina más allá, otro interno está haciendo señas como presentándole a sus visitantes a un compañero que está en la cabina de al lado. Veo a algunos con los pulgares hacia arriba, a otros con lágrimas y familiares que siguen dedicándoles frases de apoyo a pesar de que es ya imposible que se puedan escuchar. Todos apuramos los últimos segundos hasta que los funcionarios aprietan, y vamos marchándonos envueltos en un silencio difícil. En la entrada de Comunicaciones, nos cruzamos con el siguiente turno de visitantes, donde veo muchos niños y bebés.

Pienso en los contrastes y en las realidades que existen pero que ignoramos o desconocemos. Sigo teniendo a esos niños y bebés en la mente cuando ya estamos volviendo a nuestro barrio, y las calles soleadas están llenas de niños probando sus juguetes nuevos.

*Toda esta información pertenece al año 2013.

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